Foto de José Martí y María Mantilla (a quien siempre llamada «mi niña», hija de su amiga Carmen Miyare).

José Julián Martí Pérez, conocido por todos como José Martí, fue un político, filósofo, pensador y poeta de origen cubano, nacido en 1853. Fue además uno de los organizadores de la guerra del 95 o guerra de Independencia de Cuba. Asimismo, inició el movimiento literario conocido como Modernismo. Aunque todavía es tema de debate su aportación a este movimiento, se le considera precursor del mismo junto a Rubén Darío y a Julián del Casal, entre otros.

Desde 1869 hasta el año de su muerte en 1895, José Martí escribió infinidad de poemas, ensayos, una obra de teatro, una novela y varios escritos de carácter político. Entre las obras más representativas del autor se encuentra “La Edad de Oro”, una revista mensual dirigida a los niños, compuesta con un lenguaje universal que se mantiene fresco hasta la actualidad. La primera de las revistas nace en julio del año 1889, cuando su autor se encontraba en New York para preparar la guerra que daría la independencia de Cuba.

La revista recogía cuentos, ensayos y poesías que mostraban ejemplarmente el humanismo e idealismo martianos. “La universalidad de los valores humanos nos llega a través de un amplio espectro de temas y épocas tratadas. La Edad de Oro se propone incitar en el pequeño lector la búsqueda del conocimiento, del amor y la justicia”. Los cuatro números de la revista fueron recogidos en un libro por primera vez en Costa Rica en 1921 con el mismo título. Hoy hablamos de “Bebé y el señor Don Pomposo”, uno de los cuentos publicados en el primer número, 1889.

En “Bebé y el señor Don Pomposo”, el autor deja ver el humanismo, la empatía y la justicia que creía necesarias inculcarlas desde temprana edad.

Bebé es un niño de cinco años, lleva el pelo rizo y largo hasta la espalda y “lo visten como al duquecito Fauntleroy, el que no tenía vergüenza de que lo vieran conversando en la calle con los niños pobres”. Le quieren mucho y él a los demás, pero José Martí deja saber desde el principio que Bebé no es un santo, pues “le tuerce los ojos a su criada francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una vez en visita con las piernas cruzadas, y rompió un día un jarrón muy hermoso, corriendo detrás de un gato”.

Pero Bebé tiene una virtud que hoy en día (creemos que siempre ha sido así) nos llena de ternura. Y es que a pesar de que Bebé no es un “santo”, es muy generoso. Cuando “ve un niño descalzo le quiere dar todo lo que tiene” y escucha con gran devoción a los criados más viejos con sus historias de África.

Es un niño como otro cualquiera, repleto de preguntas y curioso ante todo lo nuevo. El autor describe la hora en que Bebé se va a la cama, lo hace de manera tan clara y limpia en palabras, que caemos enamorados del personaje. Es aquí donde sabemos que su madre está enferma y que como todos los años irán a París a buscar medicinas. Pero esta vez irá también su primito Raúl que no tiene madre, que no tiene al igual que Bebé “el pelo rubio, ni va vestido de duquecito, ni lleva medias de seda colorada”.

José Martí presenta entonces al señor Don Pomposo, el tío de mamá, “un señor muy flaco y muy estirado… como los palos del telégrafo” y que esa tarde irán a visitar junto a Raúl, su primito. En la visita el señor Don Pomposo le da a Bebé muchos “besos feos, que se le pegaban a la cara, como si fueran manchas”, le quita el sombrero como cosa santa y le regala un sable dorado para que quiera mucho a su tío. Como contraste, José Martí nos describe a Raúl sentado con el sombrero entre los dedos. Don Pomposo ni le ha saludado.

Bebé, en medio de su alegría, se fija un momento en Raúl, quien “tiene la cara muy triste, como si se fuera a morir”. Entonces es cuando piensa en lo feo que es su tío. Cuando llega la noche, en su cuarto, mientras Raúl ya duerme, Bebé se pregunta quien regalará sables a Raúl, quién le comprará vestidos de duquecito si no tiene madre. Se levanta sigilosamente de su cama, va de puntillas hasta el mueble donde está el sable y con una sonrisa de pícaro se lo deja a Raúl en la almohada.

En el cuento, al igual que en la poesía “Los zapaticos de rosa”, incluida en el sumario del tercer número de la revista de septiembre del mismo año en que nace, el autor incita al joven lector a aprender la virtud de saber compartir y ayudar a todos aquellos necesitados. No solo carentes de lo material, sino también del amor y de protección emocional. Ingredientes imprescindibles para brindar a la infancia la posibilidad de ser un reflejo y un ejemplo de un futuro mejor:

Los zapaticos de rosa.
Hay sol bueno y mar de espuma,
Y arena fina, y Pilar
Quiere salir a estrenar
Su sombrerito de pluma.
—«¡Vaya la niña divina!»
Dice el padre, y le da un beso:
«Vaya mi pájaro preso
A buscarme arena fina.»
—«Yo voy con mi niña hermosa»,
Le dijo la madre buena:
«¡No te manches en la arena
Los zapaticos de rosa!.»
Fueron las dos al jardín
Por la calle del laurel:
La madre cogió un clavel
Y Pilar cogió un jazmín.
Ella va de todo juego,
Con aro, y balde, y paleta:
El balde es color violeta:
El aro es color de fuego.
Vienen a verlas pasar:
Nadie quiere verlas ir:
La madre se echa a reír,
Y un viejo se echa a llorar.
El aire fresco despeina
A Pilar, que viene y va
Muy oronda: «¡Di, mamá!
¿Tú sabes qué cosa es reina?.»
Y por si vuelven de noche
De la orilla de la mar,
Para la madre y Pilar
Manda luego el padre el coche.
Está la playa muy linda:
Todo el mundo está en la playa:
Lleva espejuelos el aya
De la francesa Florinda.
Está Alberto, el militar
Que salió en la procesión
Con tricornio y con bastón,
Echando un bote a la mar.
¡Y qué mala, Magdalena
Con tantas cintas y lazos,
A la muñeca sin brazos
Enterrándola en la arena!.
Conversan allá en las sillas,
Sentadas con los señores,
Las señoras, como flores,
Debajo de las sombrillas.
Pero está con estos modos
Tan serios, muy triste el mar:
¡Lo alegre es allá, al doblar,
En la barranca de todos!.
Dicen que suenan las olas
Mejor allá en la barranca,
Y que la arena es muy blanca
Donde están las niñas solas.
Pilar corre a su mamá:
—«¡Mamá, yo voy a ser buena:
Déjame ir sola a la arena:
Allá, tú me ves, allá!.»
—«¡Esta niña caprichosa!
No hay tarde que no me enojes:
Anda, pero no te mojes
Los zapaticos de rosa.»
Le llega a los pies la espuma:
Gritan alegres las dos:
Y se va, diciendo adiós,
La del sombrero de pluma.
¡Se va allá, donde ¡muy lejos!
Las aguas son más salobres,
Donde se sientan los pobres,
Donde se sientan los viejos!.
Se fue la niña a jugar,
La espuma blanca bajó,
Y pasó el tiempo, y pasó
Un águila por el mar.
Y cuando el sol se ponía
Detrás de un monte dorado,
Un sombrerito callado
Por las arenas venía.
Trabaja mucho, trabaja
Para andar: ¿qué es lo que tiene
Pilar que anda así, que viene
Con la cabecita baja?.
Bien sabe la madre hermosa
Por qué le cuesta el andar:
—«¿Y los zapatos, Pilar,
Los zapaticos de rosa?.
«¡Ah, loca! ¿en dónde estarán?
¡Di dónde, Pilar!» —«Señora»,
Dice una mujer que llora:
«¡Están conmigo: aquí están!.
«Yo tengo una niña enferma
Que llora en el cuarto oscuro
Y la traigo al aire puro
A ver el sol, y a que duerma.
«Anoche soñó, soñó
Con el cielo, y oyó un canto:
Me dio miedo, me dio espanto,
Y la traje, y se durmió.
«Con sus dos brazos menudos
Estaba como abrazando;
Y yo mirando, mirando
Sus piececitos desnudos.
«Me llegó al cuerpo la espuma,
Alcé los ojos, y vi
Esta niña frente a mí
Con su sombrero de pluma.
—«¡Se parece a los retratos
Tu niña!» dijo: «¿Es de cera?
¿Quiere jugar? ¡si quisiera!…
¿Y por qué está sin zapatos?.»
«Mira: ¡la mano le abrasa,
Y tiene los pies tan fríos!
¡Oh, toma, toma los míos:
Yo tengo más en mi casa!.»
«No sé bien, señora hermosa,
Lo que sucedió después:
¡Le vi a mi hijita en los pies
Los zapaticos de rosa!.»
Se vio sacar los pañuelos
A una rusa y a una inglesa;
El aya de la francesa
Se quitó los espejuelos.
Abrió la madre los brazos:
Se echó Pilar en su pecho,
Y sacó el traje deshecho,
Sin adornos y sin lazos.
Todo lo quiere saber
De la enferma la señora:
¡No quiere saber que llora
De pobreza una mujer!.
—«¡Sí, Pilar, dáselo! ¡y eso
También! ¡tu manta! ¡tu anillo!»
Y ella le dio su bolsillo,
Le dio el clavel, le dio un beso.
Vuelven calladas de noche
A su casa del jardín:
Y Pilar va en el cojín
De la derecha del coche.
Y dice una mariposa
Que vio desde su rosal
Guardados en un cristal
Los zapaticos de rosa.

El idealismo de José Martí respondía asimismo a la creencia de un modelo educativo capaz de transformar las condiciones socioculturales y económicas en cualquier población. Una educación capaz de ofrecer oportunidades para el crecimiento del desarrollo integral del sujeto, con necesidades reales de formación humanista, artística, política, científica y técnica. «Aspectos viables en el contexto de procesos de enseñanza y aprendizaje, que permita el descubrimiento, la exploración, el diálogo y la consciencia social».

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